Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Abdicación

La palabra abdicación está de actualidad, llevábamos escuchándola mucho tiempo entre líneas, esperando agazapada el momento de poder ser escuchada como lo es ahora.

Parecía como si  hablar de abdicar fuese ofensivo para el actor protagonista. Quizás la resistencia de la palabra  a  aparecer en escena, tenga que ver con factores humanos que compartimos todos los individuos, que nos ponen en contacto con lo que representa envejecer para luego morir. Es como dejar la actividad laboral para entrar en la jubilación, como dejar de ser joven para que lo sea un hijo. De esto último es de lo que queremos hablar, de  las dificultades que podemos encontrar para dar un lugar a nuestros hijos, cederles el lugar “protagonista” y pasar a la reserva.

Los padres han de serlo durante toda la vida, pero el rol que ocupan en cada uno de los momentos es distinto. Al principio el bebé necesita plena dedicación de la madre o de quién haga esa función,  necesita ser  atendido en  sus necesidades físicas y psíquicas para las que no dispone de ningún recurso. Pero progresivamente la madre y después también el padre han de ajustar su protagonismo al crecimiento del niño, tienen que ir “abdicando”. Ocurre  cuando el niño  ya va siendo capaz de contener la urgencia en el hambre y puede esperar cada vez un poco más entre toma y toma, ocurre también cuando da sus primeros pasos, los padres comienzan a darle sitio para que él ensaye hacer las cosas con más autonomía, se pone de pié, curiosea, se cae, sube, baja….los padres van entendiendo que el niño necesita coger fortaleza y seguridad por él mismo, que han de retirarse en ciertos momentos.

Es igual cuando empiezan en el colegio con los temidos deberes. Primero habrá que estar con ellos para que vayan marcando los tiempos de estudio, separándolos de los de juego. Tendrán que estar presentes para ayudar en las dudas a sus hijos, pero poco a poco deberán retirarse, aunque el hijo no lo demande abiertamente, para que el niño tome las riendas y empiece a ensayar otro tipo de prueba, se trata de tomar el pulso a la responsabilidad, al esfuerzo, a medir los tiempos, a controlar…

En todos estos momentos los padres tienen que ir perdiendo protagonismo, tendrán que aprender a encontrar el lugar óptimo desde el que colocarse para no interferir en el desarrollo de su hijo. Esto a veces cuesta.

Y así vamos sumando hasta llegar a la preadolescencia y luego a la adolescencia. En  estas etapas los padres son más conscientes de que llega el fin de “un mundo conocido” para entrar en otro que cambiará casi todo, que bautizará de nuevo todas las palabras, incluida la de padre. Estos dejarán de ser lo que eran para el hijo, es probable que en el deseo de independencia y sobre todo cuando ha habido mucha unión, el adolescente necesite al principio mostrarse indiferente a ellos, ariscos, etc… pero todo dentro de un protocolo de búsqueda de independencia. En este punto es donde tenemos que pensar  qué significa abdicar . El diccionario dice:”Renunciar voluntariamente a una dignidad, un cargo o un derecho, en ocasiones traspasando la dignidad o cargo a otra persona.”

Abdicar no debe ser fácil, pone en juego aspectos psíquicos, sociales y vitales  de los padres que pueden interferir en el proceso natural de “ceder el sitio” al heredero.

Cuando llegamos al punto definitivo de la abdicación, que suele ser en la adolescencia de nuestros hijos, nosotros estamos entrando en contacto con la madurez. En ella se da una nueva  interpretación de las relaciones, quiénes somos, quiénes son o fueron nuestros padres, es decir es una nueva toma de contacto con la vida, más reposada y sabia.  Para madurar es necesario sentir la certeza de que vas a morir. Sin tomar contacto con esta verdad no se puede madurar, pero  puede  que sea tan aterrador, si no se está preparado,  que  produzca una regresión y queramos volver a etapas anteriores. Por eso el éxito de la cirugía plástica,  la venta de descapotables de lujo en gente que supera los 60 años y en el tema que a nosotros nos ocupa, la dificultad de algunos padres de hacerse mayores y querer volver a la adolescencia con sus hijos.

A veces se escucha “yo soy amiga de mi hija”, o vemos  cómo hay madres que salen con su hija y las amigas de esta de “marcha”.  Hombres y mujeres que retoman una conducta adolescente de salir en pandilla. Es una etapa donde se pueden producir muchas rupturas matrimoniales por este motivo.   No  se quiere abdicar.

Este temor a morir, a ser mayor, socialmente crea una corriente donde el mayor queda desprestigiado, hay que parecer  lo más joven posible.

Pero los hijos necesitan padres que no se resistan a ceder el sitio. Padres contentos con tener un hijo al que poder mirar como tal, reconociendo su juventud, alegrándose por él de lo que le va a dar la vida, ayudándole a encontrar su lugar. Los padres tienen una función importantísima en esta etapa,  la de ser un referente  adulto, sereno y maduro, que sepa resolver con dignidad  los enigmas e ímpetus de la juventud,  que supere la rivalidad, que sepa  ceder, que acepte no tener siempre la razón,  que comprenda que la verdad es relativa y sobre todo que haya establecido un orden de prioridades personales y auténticas.

De nuevo sin saberlo el padre vuelve a ser la autoridad, pero ahora una autoridad intangible, no material, es poderoso por su sabiduría.

 

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