Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Adolescentes Psicópatas

Aunque esta conferencia del Juez Calatayud es de hace unos años, sigue muy vigente.  Sintetiza de una manera muy gráfica el por qué de la delincuencia juvenil. No podemos estar más de acuerdo con él, nos gustaría profundizar en el tema.

Los niños de ahora no son distintos a los del pasado, que tengan más conductas psicopáticas responde a un complejo entramado familiar y social. Las conductas se van dando forma poco a poco, por ejemplo, disculpando y en muchas ocasiones evitando que los chicos  se responsabilicen de sus errores y se hagan cargo de sus obligaciones. Parece que los límites son cada vez más difusos para los adultos, de ahí la dificultad para ponerlos. Entonces quizás deberíamos preguntarnos ¿Qué nos está pasando a los adultos?

Una de las cuestiones más trabajadas en consulta, cuando de padres se trata, es la dificultad  que tienen estos para saber dónde poner los límites a sus hijos. A veces ocurre que los aspectos menos evolucionados de nuestra personalidad, los que tienen que ver con aspectos narcisistas (aquellos que nos impiden ver a los otros como seres diferentes a nosotros mismos, es decir, que piensan, sienten y actúan de manera distinta), si toman el control de nuestra personalidad  adquieren tanto protagonismo que transforman al adulto  en un niño y de este modo la evaluación de la realidad  pierde perspectiva.

Los aspectos narcisistas de la personalidad intervienen sanamente para ayudar a los padres a identificarse con sus hijos, permitiéndoles  empatizar y comprender mejor sus emociones y necesidades.  Cuando esta identificación se hace de un modo  generalizado y prolongado en el tiempo, impide la toma de perspectiva y la adecuada separación para observar a los hijos con objetividad.

Ocurre que a veces los padres sienten a   los hijos  como una prolongación de ellos mismos,  esperan de ellos que lleguen a aquellas cosas a las que no llegaron o que tengan aquello que  no tuvieron. Hasta aquí todo normal, pero si a esto le sumamos  el deseo de que no sientan frustraciones que a ellos como niños les hicieron sentir rabiosos, entonces se estarán confundiendo con su niño interior. Si no identificamos al niño narcisista que todos llevamos dentro, pasaremos de identificarnos sanamente a intentar que a «nuestro niño» no le pase nada, que todos sus deseos se conviertan en realidad, que se salga con la suya, como quizás nuestro niño interno habría querido para él.

Los hijos necesitan para  desarrollarse con los pies en el suelo la dosis de frustraciones que aporta la realidad. Si los padres se transforman en niños harán que sus hijos lleguen a la adolescencia perdidos, sin saber quienes son, sin haber empatizado con nadie, con una fragilidad yoica que les convertirá en seres despóticos y egoístas.

Por tanto, si los padres no han conseguido una adecuada fortaleza en su personalidad, confundirán cuidar a un hijo con evitarle la frustración. Pensarán por ellos, hablarán por ellos, ordenarán por ellos, darán la cara por ellos… y a sus hijos la falta de contacto con la realidad y  el dolor que provoca esta,  les empujará a una carrera sin freno por conseguir sólo placer.  Y lo  que es más grave, no podrán  desarrollar la capacidad mental necesaria para contener el dolor implícito en la vida y procesarlo, de manera que cada vez serán más las situaciones que no toleren por ser incapaces de lidiar con el dolor, no les quedará más remedio que desprenderse de esas  emociones  y colocárselas a otro, tiene que ser otro el que sufra. Aquí es donde puede comenzar la desobediencia, los descontroles,  los acosos, las agresiones y una carrera sin freno  hacia la delincuencia.

La psicopatía es un grado, se puede empezar siendo irresponsable hasta llegar a  depositar en los otros  la frustración sin reparar en si se hace daño a alguien.

La otra posibilidad con la que cuentan los padres es poder alternar la tendencia narcisista con otra más madura que les permita renunciar al  deseo infantil de control y de poseer al otro. Aceptar de manera realista los avatares del crecimiento de los hijos, con la suficiente distancia para poder tolerar las frustraciones, miedos, inseguridades, etc, que toda crianza implica, tanto en los hijos como en los padres.

 

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