Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Aprender a vivir sin mamá

Al pasar por delante de la escuela infantil  vemos con frecuencia como algunos niños quedan desconsolados en brazos de la profesora mientras las madres se van cabizbajas y entristecidas. Lo que nos parece que pueden  estar sintiendo los niños  es desolación, la que en otra época también debimos sentir nosotras, algo parecido a un  vacío existencial, miedo a lo desconocido.

La angustia que sentimos de bebés  ante la separación tiene que ver con miedo a morir, este miedo persiste de algún modo, pues ante la muerte seguimos siendo esos niños  a los que dejan sin mamá. Pero si no hacemos desde pequeños el duelo por la separación, quedaremos atrapados en la huella de un temor perdido en el inconsciente, de modo que andaremos casi todo el tiempo huyendo, calmando ese miedo a morir intentando tenerlo todo controlado «para que todo esté bien», para estar a salvo

Desde pequeños hemos de ir aceptando las separaciones que va imponiendo poco a poco la vida, para de ese modo construir una mamá dentro de nuestra mente. La construimos  al sobreponernos a su ausencia y al dolor de no tenerla, sobreponiéndonos  al no encontrar fácilmente  nuestro sitio fuera de sus brazos,… sobreponiéndonos en definitiva a vivir. Al hacer este duelo vamos aceptando la realidad y con ella desmontamos los temores desmedidos de la fantasía infantil.

En este proceso los padres han de ser capaces de soportar el dolor de ir separándose de su hijo pero con la habilidad de no  desconectarse emocionalmente, así  los niños irán desarrollando estrategias (van construyendo una mamá dentro  de su cabeza) que calma el miedo, que da esperanza cuando una oportunidad se pierde y lo que no es menos importante, una mamá  que nos frena cuando salimos corriendo sin mirar los peligros que nos pueden atropellar.

Una madre nos contaba el otro día que su hijo lo estaba pasando mal porque tres de sus amigos no estaban yendo al colegio por diferentes razones y ante la excursión del día siguiente se sentía muy desamparado porque decía que no iba a tener con quién jugar. La madre nos contaba que se sintió tentada a decirle que si no quería no fuera, porque total para qué lo iba a pasar tan mal si sólo era una excursión al campo, que no había ninguna necesidad. Pero se pudo parar y esto dio tiempo al niño a poder armar una estrategia y así fue como le dijo «mamá he pensado que a lo mejor le puedo preguntar a Nacho si quiere sentarse conmigo, porque también nos llevamos bien».  Como la madre se contuvo y se pudo «separar», el niño tiró de sus recursos y pudo construir un poco de «mamá interna», buscó una solución que lo calmó.

Cuando los adultos  no tienen una  mamá en la cabeza, no pueden contener el dolor  y se pueden comportar como madres y padres omnipotentes que lo dan todo, puro reflejo de una fantasía infantil de mamá mágica que   salva de todo, dejando a los niños dependientes, asustados y sin capacidad de manejarse sensatamente en la vida.  Este funcionamiento es lo que coloquialmente conocemos como padres sobreprotectores.

Hay muchos adultos huérfanos de  mamá  que buscan desesperadamente sucedáneos de ella en las drogas, la comida, el alcohol… llenándose de placeres que sustituyan la maravillosa sensación  que deja  tomar un biberón, o sentir los brazos calmantes de una madre. Son adultos que nunca pudieron renunciar a tenerlo todo, que nunca hicieron el duelo por la separación.

Lograr tener una mamá en la mente es fundamental para poder pensar, nos dota de esa capacidad para contener el dolor sin el cual actuamos despavoridos y sin rumbo, condenados a ser niños voraces y desesperados.

Si no construimos una mamá en la mente, estaremos siempre huérfanos y en duelo, repitiendo un drama sin fin.

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