Actualidad y Psicoanálisis

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Crecer el la Red. La adolescencia en el siglo XXI

El otro día nos contaron que en una clase de 2º de la ESO,  un chico de 13 años indujo a otra niña de la misma edad a que se enviasen fotos desnudos. La idea por lo visto sólo prosperó por parte del chico. Nos llamó la atención el suceso y es por ello que nos gustaría pensarlo con más detenimiento.

Sería interesante  investigar, ¿Qué se tiene  en la cabeza con 13 años?

A esa edad ya han tenido cambios en su cuerpo, han abandonado su imagen infantil pero no  son adolescentes de 15. Necesitan encontrar un YO entre lo infantil y lo adolescente, que les devuelva una nueva identidad y  la seguridad que tenían de niños.

La entrada en la adolescencia es como la de un elefante en una cacharrería: ruidosa, aparatosa, torpe, desproporcionada…normalmente llena de accidentes que por suerte suelen quedar en nada. Siempre se tantea esa nueva identidad probando los efectos que tienen  los movimientos que se hacen, los nuestros y  los de los otros, de nuestro sexo y del  opuesto, en esa búsqueda frenética del otro y de uno mismo.

Decimos que es una búsqueda accidentada porque se está entre la infancia y la adolescencia y lo que en un momento dado es un paso hacia adelante,  precipitadamente vuelve a lo infantil y a una vergüenza espantosa. Así es como por ejemplo empiezan los primeros escarceos amorosos, los primeros besos “para ver que es eso”, algún que otro atrevimiento que en un estado mental más adolescente se contiene con entereza, pero que con las mismas puede asustar mucho.

El tira y afloja del acercamiento a la sexualidad en esta edad siempre fue expuesta, quien daba el primer paso podía quedar en boca de todos, pero ahora además puede quedar en la retina del grupo. La expectación que siempre produjo un acercamiento por cualquier miembro del grupo, femenino o masculino,  podía pasar del heroísmo a la mofa. De estas experiencias también está hecha la madurez. Pero las redes sociales hacen que los niños/adolescentes den pasos que les exponen aún más y en vez de dar un beso, se mandan fotos desnudos.

Existe una dificultad, y es la que tienen para diferenciar fantasía de realidad. Las relaciones manejadas a través de Instagram, Facebook, Twitter… recortan las distancias y hacen fácil lo difícil. Aquello para lo que hay que prepararse tiempo hasta atreverse, en la red se hace simplemente apretando un botón. Se pierde así la distancia. NO es que no tengan pudor o intimidad, es que están acostumbrados a manejar estos medios de manera infantil y hasta ahora eso no tuvo consecuencias. Hacerlo en plena efervescencia adolescente  si.

Los adultos jugamos un papel importante para ayudarles a pensar. Será inevitable que metan la pata, pues es así como aprenderán a medir, pero es fundamental que puedan pensar sobre las experiencias que van teniendo, que encuentren espacios de reflexión donde puedan plantear sus temores y puedan valorar los resultados de sus acciones e investiguen alternativas. Tenemos que estar atentos a qué es lo que les puede estar inquietando, intrigando, molestando…, es importantísimo que hablemos con ellos, que les contemos posibles situaciones y peligros y a lo mejor ellos también nos cuentan lo que les preocupa, ocurre o ven a su alrededor. No nos olvidemos que acaban de abandonar la infancia y todavía en algún lugar de su mente somos los “salvadores”.  Igual que les ayudamos en su infancia a poner determinados límites “los semáforos no se cruzan en rojo, no te vayas con desconocidos, en la bañera no se salta…”, ahora en su temprana adolescencia tendremos que avisarles de otros nuevos “no chatees con desconocidos, cuidado con lo que pones en los grupos, ojo a las fotos…” y así cuando llegue el momento y se encuentren a un amigo que les diga “¿nos intercambiamos fotos desnudos?” la respuesta pueda ser “no, yo paso”.

El “ensayo-error” en esta era puede ser demasiado arriesgado, pero necesario como siempre lo fue´.

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