Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Descarrilamiento

Que no tenemos el control de lo que pasa en la vida es un hecho, pero nuestra mente intenta desesperadamente hacernos creer que lo tenemos. Es cierto que si estuviésemos en contacto con esta verdad, cuando nuestro psiquismo se está madurando, quizás no se diesen las circunstancias básicas para que nuestra mente humana se desarrollase. Si no tenemos un mínimo de tranquilidad respecto a nuestra supervivencia, sería nuestra mente animal la que se que encargase de llevar adelante nuestra vida y nos limitaríamos a cazar e intentar no ser cazados. La capacidad que estoy llamando humana, se despliega cuando se tiene «asegurada» la supervivencia y es entonces cuando nos podemos  llamar humanos, cuando podemos dedicar nuestra energía  a buscar la belleza.

Me parece que la mente de nuestra especie no ha alcanzado un desarrollo lo suficientemente sólido como para garantizar nuestra humanidad, no hemos asumido todavía que somos frágiles y como los niños, los adultos necesitamos crear una existencia que enmascare la cruda realidad para vivir al margen de cualquier cosa que nos recuerde lo vulnerables que somos. No hablo de individualidad, pues muchos adultos son capaces de convivir con el dolor y ser creativos, me refiero a la tendencia como grupo.

Este planteamiento me sirve para pensar lo que en estos días he ido escuchando en torno al accidente de tren del miércoles pasado. Me ha parecido que desde el principio la desesperación por lo ocurrido llevó a buscar culpables  de la catástrofe y según se iban conociendo lo hechos, (la velocidad, la peligrosidad de la curva, los mecanismos de seguridad) todo apuntaba a  que algo había pasado con el maquinista, ¿era él el culpable?

Me pareció que se trataba de reducir la incertidumbre buscando una sola causa, si el maquinista había cometido una imprudencia dentro del sistema de seguridad, este podía quedar a salvo. Es como si los medios de comunicación y nosotros mismos, estuviésemos queriendo encontrar una única causa que concentrase la incertidumbre y la vulnerabilidad que nos ha despertado el terrible accidente.

Esta semana estoy escuchando otro tipo de cosas, el debate se ha abierto, no sólo se habla del maquinista, se habla sin reparos de la inseguridad que provee un sistema que deja en manos «humanas» el control del tren y otras cosas.

Quizás cuando una sociedad tiene mayor capacidad para pensar, reparar, cuidar, comprender, amar… entonces pasado un tiempo se pueda recuperar la visión de conjunto  y reconocer que las causas son más difusas y compartidas de lo que en principio se creía. De este modo se puede  poner en cuestión cómo se estaban haciendo las cosas para hacer un reparto de responsabilidades y un «mea culpa».

Esto puede servirnos de indicador de salud grupal; si los elementos o instancias que construyen una sociedad son capaces de pensar y reconocer que han fallado, esto indica que como grupo, sociedad o país, estamos más preparados para  contener la incertidumbre y por tanto para hacer una reflexión más madura que nos lleve a mejorar y a cambiar  de verdad. Cuando una sociedad está más deteriorada o el nivel de ansiedad es demasiado alto, se consolidan los chivos expiatorios, condenamos a un miembro o a un colectivo a ser los culpables de nuestro dolor.

Esto me hace pensar en el artículo que hicimos hace varias semanas, «Hannah Arendt»  y en el que publicaremos próximamente sobre el libro «El Club de la Buena Estrella». Hanna Arendt fue atacada  por sus amigos de origen judío, ella también lo era, de ser una traidora por  pensar en que quizás el pueblo judío tuviese parte de responsabilidad en el  Holocausto. Observó un hecho que había sido constatado pero obviado, el hecho de que algunos dirigentes judíos en el inicio del movimiento Nacional Socialista, fueron aliados de Hitler, al igual que hiciera la intelectualidad de la época, no hicieron oposición al régimen y en muchos casos, todo lo contrario.  Ella, al mostrar el conflicto con mayor amplitud, dejó de pensar en un único culpable, y eso, desde la mentalidad grupal construida tras la catástrofe del Holocausto, era inaceptable. (Quizás por eso, por no poder hacer un «mea culpa», el pueblo judío pueda estar abocado a convertirse en un grupo  que utilice chivos expiatorios al igual que hicieran en el pasado los nazis).

En el artículo sobre el libro «El Club de la Buena Estrella», tocaremos otro vértice del que hemos hablado aquí :¿Qué pasa cuando no se reúnen las condiciones mínimas  para que los niños crezcan en el amor y no en el «cazar y ser cazados»?

Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin el consentimiento de las autoras

  1. luicas69 Responder

    Bravo, efectivamente se ha producido de nuevo un juicio (prejuicio más bien) multipicado y, seguramennte promovido por una industria mediática muy desarrollada y poderosa en días de poca noticia.
    El mundo actual tiende a operar a través de máquinas que cada día reducen más y más el error humano; por otro lado, el ser humano necesita un punto de tensión para ser eficaz o cae en la distracción.
    Tengo entendido que los tramos AVE puros, es decir 100% alta velocidad como Madrid – Sevilla -Málaga – Barcelona, no tienen necesidad de conductor. Si se decidió poner uno es por el terrible efecto psicológico que parece tener para los viajeros saberse a 300 Km/hora sin un ser humano «al volante». Imagino que estos conductores viajan sin la tensión necesaria.
    La responsabilidad del accidente es, como decís, compartida, y. A mi entender en este orden 1) Políticos (adjudicaciones, recortes..) 2) Ingenieros (aceptación de recortes y falta de alternativas seguras) 3) Maquinista (distracción). Los políticos, incapaces de asumir su responsabilidad, tienen sin embargo el mayor poder mediático para derivar la culpa. Este poder generará dudas con efectos prácticos nocivos, especialmente para el maquinista, que será perseguido por la etiqueta asignada, independientemente del trabajo psicológico que desarrolle.

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