Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Enfados y Castigos

El niño japonés desaparecido desde hace seis días luego de que sus padres lo dejaron en un bosque solo cinco minutos como castigo, fue encontrado con vida este viernes (hora local)….  Horas después del hallazgo, el padre del menor apareció ante los medios fuera del hospital donde Yamato es atendido para ofrecer disculpas 

“Mi acto excesivo forzó a mi hijo a pasar un angustiante tiempo”, dijo. “Me disculpo profundamente con la gente de su escuela, la gente de las operaciones de rescate, y con todos por causarles este problema”. (www.bbc.com)

Esta noticia ha traspasado todas las fronteras, alarma saber que unos padres puedan haber dejado “abandonado” a su hijo por unos minutos ¿pero quién no se ha visto en situaciones parecidas?.

Hoy vamos a reflexionar sobre lo que se moviliza en estas peleas padres-hijos y por qué resulta tan complicado lidiar con ellas.

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Los niños para crecer necesitan comprobar que pueden ser autónomos, pero como realmente no lo son, una de las maneras de verse fuertes es peleando y retando a los adultos. Cuando esto ocurre se abre una puerta al crecimiento porque es una oportunidad para aprender a solucionar conflictos con cabeza  y que hacer las cosas  por la fuerza no es  ser fuerte. Pero al abrirse esta puerta también se corre el riesgo de perpetuar un estado infantil en el niño y en la relación con el adulto si la pelea no se transforma en  estrategias y queda simplemente  en un pulso entre  dos niños.

Las emociones que  despierta en el adulto  el enfado omnipotente de un niño, (“Tu no me mandas”, “¿Qué te has creído?”, “No te voy a obedecer”, “Haré lo que a mi me de la gana”, etc), son muy potentes y difíciles de manejar.  El adulto sabe que esta situación no se puede permitir, pero tendrá que preparse para este tipo de situaciones antes de que sucedan porque es en frío cuando se puede pensar para encontrar el momento y la manera de poner las cosas en su sitio.

Ante los enfados,  lo primero es analizar qué sentido tiene para el niño; si es para reforzar su autoestima, para sentirse fuerte, para demostrarse valiente o valioso ante los padres, para confirmar que haga lo que haga sus padres les quieren incondicionalmente.

Siempre sirven   para ver cómo resuelven los enfados los padres y aprender de ellos.

Lo segundo es entendernos a nosotros y saber qué  nos movilizan  estos retos y cómo nos sentimos ante ellos. Cada niño puede activar aspectos infantiles nuestros o de la relación con nuestros padres que intoxicarán la realidad de la relación presente. Además  estos pulsos  generan una pena muy grande porque hablan de separación y pérdida: los niños están creciendo y se están separando de nosotros.

Prepararnos es importante pero los enfados son inevitables,  si hemos hecho algún tipo de análisis es   posible que podamos sujetarlo y de este modo conseguir que el enfado  sea un aprendizaje para adulto y niño. Cuando esto no es así la situación se puede descontrolar e ir in crescendo: actuando de manera impulsiva, dando un tortazo, gritando, castigando desproporcionadamente o de una manera poco realista, haciendo algo que realmente asuste mucho al niño hasta llegar a un punto donde el adulto ha desaparecido convirtiéndose en un niño furioso y desatado. realizando acciones desproporcionadas y sin criterio.

La consecuencia de una pelea suele ser un castigo pero el castigo como estrategia es útil sólo cuando implica un compromiso y un esfuerzo por parte del adulto. Cuando se utiliza como descarga contra el niño no ayuda a crecer y suele ser inconsistente porque no se lleva a cabo, queda en amenaza, convirtiendo al adulto en alguien sin palabra, “perro ladrador”. Decimos que exige más trabajo porque implica un “castigo” también para los mayores porque les obligará a repasar y hacer aquellas tareas que dejaron a medias, a no salir si tenían pensado hacerlo, a  controlar más (ser un sargento), obliga también a llegar hasta el final y responsabilizarnos de los hechos…, de este modo es como el castigo cobra sentido y se convierte en camino.

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