Actualidad y Psicoanálisis

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“Un lugar tranquilo”. Cuando el ruido es peligroso

 

De niños tenemos que aprender un montón de cosas que nos ayuden a entender cómo funciona el mundo y nosotros mismos. Es la única manera para que sepamos sacarle provecho a la vida.

Saber quedarse con lo bueno, con lo que de verdad importa, lleva tiempo y puede que no lo alcancemos nunca si no trabajamos para conseguirlo. Tenemos que aprender a ir paso a paso, saboreando la vida a pesar del dolor y de la frustración de tener que ir despacio. Pero muchas veces observamos que en vez de esto, rechazamos la espera como si la frustración que subyace al “poco a poco” se igualase a fracaso. Nos enseñan que eres exitoso si alejas de ti todo lo posible la frustración.

Así nos podemos convertir en eternos niños en busca de placer,  evitando el “NO” a cualquier precio.  Aprendemos desde pequeños a competir, a pelarnos naracisísticamente por ser los mejores y nos olvidamos de lo pequeño, de lo breve, del espacio “vacío”, de estar tranquilos.

En la película “Un lugar tranquilo”, desde el principio sabemos que está ocurriendo algo que está poniendo en peligro a los protagonistas, pero por otro lado, a pesar del peligro que se mastica, no entendemos que está pasando porque no hay frenetismo, histerismo o cualquier actitud que denote precipitación. Los personajes se mueven con cautela, pero sin perder el amor y el cuidado serenos. ¿Qué pasa?

Sabemos que esa quietud está amenazada por algo que les pone en peligro de muerte.

De repente unos bichos frenéticos, que se mueven tan rápido que casi no se les ve, aparecen y desaparecen a velocidad de vértigo. Su instantánea aparición invade todo el tiempo y todo el espacio, la vida queda condicionada a su fugaz presencia.

La situación vital que presenta la película, nos induce a pensar en  la invasión monstruosa y mortífera de los peligros que acechan nuestra felicidad genuina. Si hacemos ruido nos come. Sólo si somos capaces de vivir en la contención del dolor, aparecerá la dulzura silenciosa de la felicidad. Acostumbramos a vivir buscando placeres que ensordezcan y así acuden todos nuestros monstruos a devorarnos. El vacío lo llenamos con todo tipo de placeres ruidosos que se convierten en voracidad y adicciones. El frenetismo nos invade hasta que no nos diferenciamos lo más mínimo de los monstruos que nos acechan.

A veces nos falta contención para sostener la frustración de la vida y queremos tapar la ansiedad que esta provoca con una actividad frenética que solo la camufla.  Si conseguimos sostener la frustración  y nos  pararnos, podremos abrir un espacio y disfrutar de lo que de verdad importa.

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