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Hannah Arendt: Cuando la norma no deja pensar

Hannah Arendt fue una filósofa alemana nacida a principios  del siglo pasado, en estos días está siendo proyectada en los cines  la película biográfica que lleva su nombre. Me interesa pensar sobre algo  que ella  destapa y que muestra la película.

Hannah Arendt era judía, había estado “ingresada” en un centro de Francia  tras la ocupación nazi, según sus propias palabras: «las personas eran ingresadas por sus amigos en «campos de internamiento» y por sus enemigos en «campos de concentración»». En la película se refleja este hecho, pero sobre todo, lo ocurrido durante los años previos y posteriores al juicio que se realizó en Israel  a un dirigente nazi.

Ella solicitó ser enviada especial de un periódico estadounidense y como tal presenció todo el juicio. De esta experiencia concluyó muchas cosas, la que más me impresiona es la que gira entorno a lo que ella llama “la banalidad del mal”, supone que para muchos dirigentes nazis las atrocidades ordenadas por ellos no eran mas que “cumplir con su deber”, algo así como obediencia ciega a Hitler, a su jefe, como principio fundamental desde el que regir sus actos.

Hannah Arendt considera que  de esta modo el individuo queda difuminado en el grupo, y el mal,  extendido  desde la grupalidad. Consideraba  que se había llegado a una situación en la que el individuo dejaba de existir, quedaba sin juicio propio, sin humanidad. El sistema de valores impuesto  consistía en atacar cualquier atisbo de empatía, sensibilidad y amor, por ser considerados todos ellos evidencias de debilidad moral. Se impuso un código social en el que se invirtió el sentido de las cosas.

Esto es muy preocupante ¿cómo es posible que se pueda construir delante de la cara de toda una sociedad  un sistema de valores invertidos? ¿cómo es posible que nadie se de cuenta de que se está produciendo una catástrofe moral?

El otro día en la playa de San Juan (Alicante) de nuevo observé como la policía montada en sus quads perseguían entre las tumbonas de la playa a hombres negros que estaban vendiendo artículos a los bañistas. Esta escena vista desde la «ley» no es más que una aplicación «rigurosa» de la normativa vigente, pero a mi como a otros de los que estábamos allí nos pareció una persecución desmedida y abusiva.  Pensé en la facilidad con la que la policía tomaba la tarea encomendada, como si ninguno pudiese darse cuenta de que la escena parecía sacada de una de estas películas que nos dejan asombrados por la violencia de la persecución y el desamparo del perseguido.

El año pasado cuando presencié la misma escena tuve la oportunidad de hablar con el policía al mando de la operación, me acerqué a él con la intención de entender la necesidad de aquel despliegue y me contestó que yo no me estaba dando cuenta de la labor que la policía estaba haciendo y de que esos hombres estaban incumpliendo la ley vendiendo artículos que hacen perder mucho dinero a los comerciantes de la zona que pagan sus impuestos. Pudiendo estar de acuerdo en el motivo, en lo que no llegamos a estarlo fue en las formas.  El resto de policías se fue acercando y lo que en un principio parecía una conversación con diferentes puntos de vista, al sentirse grupo, se convirtió en  exaltación de la violencia y en cerrazón amenazante por lo que me tuve que retirar sin poder decir nada mas.

Esto demuestra que algo ocurre con el grupo y las normas, lo fácil que es que las normas se pongan por encima del pensamiento y de los individuos, porque hace que el grupo se sienta más hermanado y poderoso, con las respuestas dadas y  sin querer hacerse preguntas.   Cuando se establecen este tipo de sistemas dentro de un grupo, sociedad o país, un individuo puede llegar a sentir que no tiene nada que hacer. ¿O sí se puede hacer algo?

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