Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

¿Je suis Charlie?

¿Sólo somos Charlie? ¿Y qué pasa con el resto de víctimas de atentados que ocurren a diario en el mundo? El pasado 10 de enero por ejemplo murieron 20 personas en un mercado de Nigeria a manos de una niña de 10 años que se inmoló, al día siguiente otras dos niñas de la misma edad se volvieron a inmolar en otro mercado también de Nigeria, matando al menos a 7 personas.

Estamos escuchando y viendo muchas cosas tras los atentados de París. Quisiéramos ofrecer una visión complementaria a  lo que se está tratando en los medios e intentar poner nuestro granito de arena desde un punto de vista psicoanalítico.

Es verdad que la mente esta preparada para ocuparse con intensidad sólo de aquellas cosas que afectan a su realidad inmediata, y es así  porque de otro modo se colapsaría. Es por esto que entendemos que seamos capaces de conmovernos por la muerte de una docena de personas en París y nos sintamos ellos “je suis Charlie”, contemplando con intensidad efímera los mismos hechos que suelen tener una dimensión mucho mayor como los atentados yihadistas de Pune (India), Nigeria, Casablanca (Marruecos) o Pakistán.

Pero entre tener un aparato mental protegido y la desconexión, tiene que haber un punto medio para afrontar los problemas que tienen los humanos y la humanidad. Esto es  de lo que nos proponemos escribir.

La amenaza terrorista o del tipo que sea, existe desde siempre. El peligro es inherente a la vida. Si hay vida se puede perder. Para el ser humano es duro, quizás por ello nuestro empeño en someter a la naturaleza y con ella a otros seres humanos, que de manera artificial nos hagan creer gozar de un poder omnipotente e infalible para evitarnos quedar expuestos a la incertidumbre de la vida.

Si el hombre elige esta manera de protegerse, lo mas probable es que evite la fragilidad e invente una burbuja donde “no ocurre nada malo”. Así llevamos siglos viviendo, lo malo les ocurre a otros allá en el tercer mundo, en sitios cercanos pero que “no somos nosotros” (la guerra de la antigua Yugoslavia). Cuando ocurre en nuestro territorio no nos lo podemos creer, así nos ha pasado con las dos últimas guerras mundiales, que  las tenemos muy presentes pero  no  para prevenir las circunstancias verdaderas que las promovieron, sino para comprobar una y otra vez nuestro blindaje y que nuestros dispositivos de ataque funcionan.

Un sistema grupal o social se mantiene sano si tiene capacidad de tolerar la incertidumbre. Gracias a esta capacidad se tendrá mayor perspectiva y visión global de los problemas y por tanto se podrán detectar yendo al núcleo y actuando a tiempo. Si vemos el dolor ajeno podremos hacer una reparación del daño de manera  sana, que consistiría en cuidar los problemas en lugar de desentenderse de ellos.

Cuando las alarmas que nos avisan de los peligros se ignoran, como ocurre cuando el daño se produce fuera de Europa y Estados Unidos,  perdemos la oportunidad de tomar un camino que nos lleve a analizar en profundidad cuales son las causas del dolor y repararlo, para finalmente actuar desde el contraataque y así  eliminar personas, libertades, derechos cívicos, etc. Así parece estar ocurriendo. Los europeos se están pensando si aumentar los controles y eliminar ciertos privilegios civiles. No lo queremos criticar, quizás llegado a este punto de ineficacia sea lo “único” que se pueda hacer.

El otro día viendo la película de Akira Kurosawa, “Vivir” el protagonista enfermo de cáncer, al reconocer la inutilidad de su vida intenta hacer algo vital y de valor, y es en ese estado donde le preguntan si no se siente ofendido por las personas que  le desprecian, el contesta: “no tengo tiempo para odiar a nadie”.

Dejó pasar su vida  de funcionario viendo alejarse oportunidades de ayudar, “no eran asunto suyo”. En la película se ve como se pasan unos a otros la responsabilidad de hacer algo constructivo. Nadie quiere ser responsable, prefieren evitar implicarse y cuidar. Eligen evitar y de este modo vivir en una burbuja que les da sensación de seguridad. Los problemas los tienen otros, ellos están a salvo.

Cuando comprendes la verdad de las cosas es cuando asumes el dolor de la muerte, de tu propio límite. Es entonces donde todo cobra otro sentido, no hay tiempo para nimiedades como odiar, solo lo hay para ayudar.

Por eso nos preguntamos cuanto va a durar nuestro blindaje al exterior, nuestro blindaje al dolor.  La indignidad con la que se vive en distintas partes del mundo hace que la vida no tenga valor para ellos y por eso quedan muy expuestos a eslóganes “salvadores” que les proveen de  falsa esperanza. Nos blindamos en una seguridad ficticia sin reconocer que la única seguridad posible estaría en poder cuidar de aquellos que pueden ser presa fácil de los radicalismos.  Cuando hacemos la vista gorda ante conflictos donde hay niños que viven en el odio, en la injusticia, en el dolor extremo, estamos creando el caldo de cultivo del fanatismo.

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