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Juan quiere ser futbolista. Historia de un niño gitano

Se llama Juan Antonio, pero le tienes que llamar Juan “ese nombre es el de mi abuelo, a mí me  dicen Juan”. Es gitano y como tal tiene costumbres que no se cuestionan, son sin más.

Es el penúltimo de 8 hermanos, viven en un piso ocupado y sus padres trabajan buscando chatarra o vendiendo cualquier cosa que encuentran. Sus hermanos mayores llevan ya mucho casados, aunque tengan una edad en la que otros todavía están estudiando.

Hasta aquí no hemos contado nada muy diferente de lo habitual entre la gente de etnia gitana. Lo diferente es que a Juan le llevamos siguiendo la pista desde hace años, es un chico triste que con el tiempo ha ido ganando kilos por la falta de orden en las comidas o simplemente porque a la hora de comer no hay nada ni nadie en casa y se alimenta de bollos del chino de al lado. Vive mucho tiempo en la calle aunque esté escolarizado, a sus 12 ó 13 años cursa 6º de primaria en un colegio público.

“Todos los niños merecen una oportunidad”, es algo que seguramente pensamos en lo más profundo de nuestro corazón. Los niños tocan a casi todo el mundo, con ellos podemos empatizar y sentir el niño que fuimos en aquellas situaciones en las que nos castigaron injustamente, esos momentos en los que nos sentimos tristes y no encontramos consuelo en nadie, o aquellas otra situaciones en la que la soledad nos devoró. Por eso y porque Juan es dulce y bueno, este año por fin buscamos la manera de ayudarle para que pudiese formar parte de un equipo de fútbol de forma continuada y con compromiso. No es seguro que funcione, pues sin apoyo familiar, a pesar de que le gusta el fútbol,  ha entrado en una dinámica vital  poco disciplinada y carente de alicientes. Nos planteamos que quizás si consiguiésemos aunar fuerzas y proporcionarle algo de compromiso e interés por parte de los adultos podríamos hacer diana.

Lo primero que hicimos fue hablar con el presidente del club. Este nos dijo que siendo gitano becarlo era complicado porque en su experiencia los chicos gitanos están en el equipo  al principio y cuando menos te lo esperas abandonan No hay compromiso de los padres, no aparecen y si lo hacen es para generar conflictos….

Le propusimos algo distinto, buscaríamos que Juan tuviese que esforzarse en sus estudios si quería pertenecer al club y que sólo sería becado si no faltaba a clase. Estaría a prueba y sin darle la equipación hasta que no hubiese demostrado que se responsabilizaba y adquiría un compromiso con el equipo y sus compañeros.

Esto pareció convencer al presidente del club de futbol. Ahora había que hablar con el colegio.

Llamamos a mediados de septiembre al colegio y hablamos con la jefa de estudios, le contamos que necesitábamos hablar con la profesora de Juan para que este supiese que el club iba a estar atento a su asistencia a clase. Lo que buscábamos era  una “alianza” con el colegio que nos permitiese hacer sentir a Juan que estábamos pendientes de él,  de manera que se sintiese supervisado y  en consecuencia motivado para llevar adelante su incorporación al equipo.

Tras tres o cuatro semanas sin respuesta de la profesora al llamar hoy nos dicen que referente a nuestra propuesta, es la familia quien tiene que pedir cita.

El tono defensivo no daba ninguna posibilidad de diálogo, estaba claro que el “procedimiento” se estaba poniendo por delante. Ni siquiera habían  llamado para decirlo. Quizás esperaban que este intento de ayuda cayese en el olvido.

No nos extraña que Juan esté triste. Un niño necesita y los adultos deben buscarse “las habichuelas” para darle aquello que le falte. En este caso, como en muchos otros, no se trata de racismo, se trata simplemente de falta de compromiso por parte de los adultos. Los niños que tienen problemas, los tienen porque precisamente sus padres no cumplen con los “protocolos” ni del colegio, ni de la vida. La escuela debería ser el espacio más sensible en el que  se defendiera con compromiso y  responsabilidad las necesidades de los niños con problemas.

Gracias a que cuando los padres fallan está la escuela, muchos niños consiguen llegar a adultos con la suficiente autoestima, tuvieron profesores, directores, jefes de estudio,.. que dieron mil vueltas para encontrar la manera de no dejar que se perdieran en el limbo del vacío social, haciendo a veces  un papel que superaban sus funciones y sus posibilidades pero no su capacidad humana y su compromiso con los niños.

Eso que todos hemos sufrido alguna vez tras una ventanilla a la hora de hacer cualquier tipo de trámite, es lo que se despliega como mecanismo consciente o inconsciente de defensa ante algo. Tendríamos que pensar de qué nos estamos defendiendo cada vez que nos sintamos poco pensantes y recelosos.

Por otro lado a todos nos gusta sentirnos útiles, se dice que más gana el que da que el que recibe, cuando hacemos algo valioso para otro nos sentimos bien, la vida merece la pena, el mundo gira ordenadamente. Si esto es así, ¿por qué nos resistimos tanto a dar ese paso?, ¿por qué nos solidarizamos con personas que están a miles de kilómetros y a veces somos incapaces de ayudar en las cosas cotidianas al que tenemos al lado?

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