Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

La carta de Matilde Solís

En toda relación de dependencia puede ocurrir que en vez de establecerse una relación  basada en  el cuidado, se establezca otra basada en el  poder. Por poder entendemos poner por delante los intereses del “poderoso” que es quien tiene el rol de proteger al dependiente. Todos sabemos de situaciones en las que los “poderosos”, padres, educadores, cuidadores, etc, abusan de su situación para imponer sus deseos frente a las necesidades del otro. Hay situaciones que pueden no ser muy trascendentes, como aquellas donde por ejemplo un profesor impulsado por su poder, somete emocionalmente, es injusto, favoritista,… etc.  De los casos más graves no hace falta poner ejemplos, todos tenemos en la mente sucesos horribles que aparecen en las noticias.

Cuanto mayor es la fragilidad, mayor es la dependencia. En el caso de los niños, cuanto más pequeños, menos capacidad tienen para  quejarse del abuso y lo mismo pasa con los ancianos o con los  enfermos.

El pasado mes de julio Matilde Solís publicó una carta en su cuenta de Facebook para denunciar lo que ella nombra como relación de abuso por parte de su psiquiatra. Por todo lo explicado anteriormente, entendemos que es muy difícil desvincularse de una relación de dependencia tal y como se describe en la carta.

Tiene que ver con el tema que queremos tratar hoy: ¿cuales son las claves para establecer una relación entre paciente y terapeuta?  La relación que se establece dentro de la consulta es una relación asimétrica pero no tiene que ser desajustada.

¿Por qué  “tu  psiquiatra” puede convertirse en alguien tan poderoso?

La enfermedad mental puede hacer vulnerable a la persona porque esta pierde la confianza en sí misma y  un médico o un psicólogo pueden convertirse en el depositario de una “fe ciega” por parte del paciente.  Cierta dosis de confianza en el profesional es fundamental para que un tratamiento progrese, pero es el profesional el que no debe confundir esta confianza que surge del tratamiento con algo personal  que emana de él.  No es divino.

Esto nos lo enseña la formación postgrado, nuestro análisis personal y las supervisiones clínicas. El proceso se traduce en cercanía con el paciente en cuanto  a intentar comprenderlo y sumergirnos con él en las profundidades de su angustia, pero con la suficiente distancia que impida confundirnos con el paciente e invadirlo. Esto a veces el paciente lo puede percibir como “frialdad”, pero no  es otra cosa que límites. Los límites protegen al profesional de creerse Dios, dejando libre todo el espacio para el paciente  sin la interferencia de los deseos del profesional.

¿En que consisten los límites que pone el profesional?

Consisten básicamente en no actuar el deseo del paciente al inicio del tratamiento, que suele ser resolver rápido eliminando la angustia y el dolor.   El paciente, en su cabeza, espera que su terapeuta sea un “dios”.  En vez de esto, si las cosas van bien, con lo que se encuentra  es con un terapeuta que casi no habla, porque necesita escuchar y entender bien, que no da consejos porque su función no es anular la capacidad del paciente de pensar adjudicándosela él, un terapeuta que no establece una relación personal con el paciente,  porque le haría perder  perspectiva. Por todo esto lo primero que hace un buen terapeuta es “desilusionar” al paciente para impedir que el paciente lo endiose y por consiguiente le otorgue el poder de hacer con él lo que quiera.

 

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