Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Lo que vale un padre

Este verano un seguidor de nuestro blog nos planteó la siguiente cuestión:

 

Soy guionista y estoy escribiendo un largometraje sobre la soledad, el abandono, y la muerte. Me gustaría que constara una frase de Freud sobre la ausencia de relación paterna pero no consigo encontrarla… creo que era algo así como: «el peor modelo de relación paterna es el que no está». Haciendo referencia a que lo que más malestar psicológico producía, peor que el maltrato, era tener un padre que no se interesara por ti.

 

El niño tiene que interiorizar una figura paterna que rompa su idilio con la madre y le permita entender que su madre no es de su propiedad, que  existe un mundo fuera de ellos dos.  En los primeros meses  es vital que el bebé tenga una relación casi simbiótica con la madre, que genere un vinculo indestructible lo que  le proporcionará  una calma psíquica imprescindible para crecer y vivir.
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El padre ha de estar presente porque es el colchón emocional de la madre. Su presencia significará en todo momento un apoyo y un límite en la relación fusional con la madre. Pero un día el bebé descubrirá al padre,   en ese momento aparecerá el TERCERO y comenzará a evidenciarse lo que los psicoanalistas llamamos COMPLEJO DE EDIPO.
A la madre le corresponde la importante tarea de dar entrada a la función paterna y con ella la separación: el Principio de Realidad y  la castración.   En esta separación el niño tendrá que ir aceptando la realidad, por dolorosa que le pueda resultar.  Tendrá que reconocer que él no es lo ÚNICO  que ama su madre, que probablemente habrá hermanos, una pareja, un trabajo, amigas, libros…Al niño este descubrimiento le romperá el corazón, al principio.
Para evitar este dolor a veces intentamos impedir la entrada del «padre», por ejemplo, cuando hay que poner un límite muchas veces  «seducimos» al niño para que no vea el límite como castración y lo sienta como deseo suyo. Escuchamos en una conferencia esta semana como un padre intentaba convencer a su hijo de lo bueno que sería ir a ver a la abuela el sábado «¿verdad que estaría muy bien hacerlo?» a lo que el niño contestaba que no le apetecía. Al final el padre claudicaba al deseo del niño porque no había conseguido hacerlo coincidir con el suyo, porque no quería ser  un padre castrante.
El padre castrador tiene muy mala prensa y parece que en la sociedad en la que vivimos es el malo de la película, el papel que nadie quiere hacer. La castración en este ejemplo consistiría en limitar el deseo egocéntrico del niño a favor del Principio de Realidad, «vas a ver a la abuela porque es lo que toca y a lo mejor no te apetece mucho pero hay que hacerlo».  De este modo el niño aprende a anteponer la realidad y el sentido común a sus deseos.
La función paterna requiere de una gran fortaleza interna, porque supone hacerse cargo de la frustración que conlleva la realidad, si esta función no se puede hacer, lo que percibirá el niño será desinterés, un padre que falta, como dice nuestro lector.

 

La función paterna no es exclusiva de los hombres al igual que la materna no lo es de las mujeres, todos hemos de tener una figura paterna y materna interiorizada que nos permita hacer las dos funciones.
Función materna: está relacionada con el cuidado y la emoción(calmar, contener, empatizar, cuidar, alimentar, arrullar…)
Función paterna: está relacionada con el deber y las normas (deberes, obligaciones, responsabilidades, capacidad de espera, tenacidad, logro…).

 

La ausencia de padre tiene una implicación mucho más allá de falta de identidad y autoestima,  nos deja perdidos en un mundo narcisista donde eres un bebé eternamente, con demandas irrealizables y con temores desbordantes. La ausencia de padre deja al niño en un limbo emocional sin herramientas para hacer realidad los sueños que exigen planificación, orden y sensatez, cosas todas ellas que implican tener bien plantados los pies en el suelo.

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