Actualidad y Psicoanálisis

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Los límites los ponen los padres

El verano es, supuestamente, un tiempo de descanso y desconexión, pero también es un tiempo de convivencia intensa, sobretodo  cuando hay niños o adolescentes de por medio es una jornada a tiempo completo. Los colegios e institutos cierran sus puertas dejándonos sin   las rutinas  que tanto organizan. Porque no nos engañemos, podemos protestar y quejarnos durante todo el año de los madrugones, la falta de sueño y las obligaciones, pero tienen su lado positivo como organizadores de la vida cotidiana. Cuando llegan las vacaciones llega también la «esperada» libertad, pero con ella los padres tendrán que asumir la responsabilidad en solitario de ser los que marquen el ritmo; las prioridades de la actividad diaria, lo que se puede y lo que no, habrá que «regular» actividades que  las obligaciones escolares  dejaron fuera durante el invierno.

La película High School Musical 2 comienza con el inicio del verano, es la cuenta atrás para la libertad, los adolescentes esperan ansiosos la llegada de este momento, porque en su fantasía las barreras de la rutina y las obligaciones desaparecen.

A todos nos llega esta escena, nos conecta con algo muy vital, con la ilusión, con los deseos, con la adrenalina de la vida.  Es  ese estado fantaseado en el que nuestro adolescente interno querría vivir siempre porque le traslada a un mundo de libertad, amistad  y diversión sin responsabilidades.

Nuestro adulto interno  sabe que se trata de  un estado transitorio que hay que saber medir y modular para que no nos devore.

Es muy importante que los adolescentes   puedan sentir este estado omnipotente, porque de el  obtendrán la ilusión y fuerza necesarias para  emprender casi cualquier cosa en el futuro. Como resultado de esta experiencia  acumularán energía vital, imprescindible para acometer proyectos que exigirán de mucha tenacidad y confianza, pero para que esta experiencia termine siendo algo positivo es fundamental que  vaya acompañada de límites que transformen la fantasía omnipotente  que siente el adolescente, en potencia real.

¿Quién marca los límites? Está claro que tiene que ser un adulto y ahí es donde el verano de muchos padres se convierte en una experiencia muy intensa, en un constante tira y afloja con sus hijos, por la hora de llegada, las fiestas a las que quiere ir, los botellones… para ajustar el deseo del adolescente con la realidad de su edad. No es lo mismo un adolescente de 17 años que uno de 13 que no ha incorporado todavía las herramientas necesarias para manejarse en un mundo de mucho descontrol.  Es en este periodo donde tendrá que aprender a medir sus impulsos de  manera realista.

El trabajo que tienen que hacer los padres en esta etapa es fundamental y no sólo se encuentran con la dificultad molesta de tener que estar pendientes de sus hijos, además tienen que estar muy atentos a no confundirse con su propio adolescente. ¿Qué significa esto?  La adolescencia de los hijos siempre remueve los recuerdos de los padres, que pueden sentirse tentados a no ser «el ogro» que  vieron en sus propios padres.  El adolescente siempre va a percibir al adulto que pone algún límite como un ogro que no le permite conseguir todos sus deseos. Que los padres hagan este papel limitador es fundamental para que los hijos incorporen «un padre» en su cabeza, de otro modo nunca tendrán claro hasta donde pueden llegar, qué deben hacer o  qué peligros deben evitar.

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