Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Niños de la guerra. Un homenaje a mi padre.

Con motivo del 80 cumpleaños de mi padre organizamos una fiesta sorpresa.  Toda la familia participó en el homenaje, todos adaptando su fin de semana, algunos sacrificando otros planes, para poder estar con él ese día.  Me sentí muy agradecida por su respuesta, mi hermana y yo queríamos hacer no sólo una fiesta de cumpleaños, también para nosotras era un acto de reconciliación con el pasado, en el que sobre todo quedase visible el amor que tenemos a nuestros padres.

La historia marca, las experiencias vividas son como las cicatrices en el cuerpo, pueden servir para recordarte con orgullo el paso del tiempo o justo lo contrario, para recordarte aquello en lo que fracasaste. El tiempo pasa y somos nosotros los que tenemos el poder de ver el sentido que tuvo el paso del tiempo y dignificarlo. Nuestra fiesta iba de esto.

La historia de mi familia es como la de otras: vivieron  la guerra y la posguerra. Mis padres y mis tíos nacieron en una época difícil donde era complicado garantizar a los niños un espacio adecuado para sentirse protegidos y crecer. Ni los padres ni la sociedad podían facilitar el clima de confianza y seguridad necesarios para madurar. La escasez de recursos materiales y emocionales hizo que muchos de aquellos niños llegasen a la vida adulta a trompicones.

Cuando veo tantos conflictos en los que inevitablemente y por desgracia siempre hay niños, imagino la dificultad para poder digerir los acontecimientos que están viviendo. En la primera infancia se está todavía desarrollado “un aparato para pensar pensamientos” como decía el célebre psicoanalista británico W.R. Bion . Si a los adultos los conflictos bélicos les pueden generar todo tipo de alteraciones, a los niños ademas les impide desarrollar un buen aparato para pensar pensamientos.

Los niños necesitan de un entorno que  muestre  cómo funcionan las cosas sensatamente, cómo es el hilo conductor lógico de la vida. De este modo,  comprenden y asimilan unos códigos que estructuran su psiquismo y permiten tener referentes sanos con los que interpretar nuevas experiencias. Pero cuando el entorno se vuelve “loco” se asimilan códigos incorrectos que dejarán su impronta para el resto de su vida, contaminando las nuevas experiencias que vayan surgiendo en el curso de la vida.

Es como el despliegue  de alas que necesitan hacer las mariposas cuando salen del capullo. Recién nacidas sus alas están replegadas en muñones. Necesitan un tiempo de reposo, con el espacio necesario y protegidas de toda perturbación para poder estirar y dejar secar  las alas hasta que extendidas lucen sus colores. Si por algún motivo se interrumpe esa calma, se las mueve o se reduce su espacio, las alas quedaran atrofiadas para siempre. Algunas pueden volar pero lo harán con dificultad y lo más probable es que mueran.

Los niños necesitan de esa protección para desplegar la estructura psíquica que les permitirá volar por la vida. Se construye en los primero años y  es la que dicta la ecuación por la  que se  interpretarán las emociones.

Las experiencias traumáticas de guerra no son iguales a otros traumas. Los de guerra tienden a normalizarse, “yo perdí a mi padre en la guerra” es muy diferente a “mi padre murió en un accidente cuando yo tenía 3 años”.  La primera pérdida se asume como una baja de guerra entre miles,  la segunda pérdida es considerada y tratada como algo excepcional. Esta diferencia en el trato del trauma dificulta la elaboración del dolor. En el primer caso el duelo es tan masivo que no permite la elaboración particular de cada duelo. Este puede ser uno de los motivos por los que los niños de la guerra estén colapsados emocionalmente y tengan dificultades a lo largo de su vida para tramitar las emociones del día a día.

Cuando mi padre llegó al restaurante se quedó impactado ante la presencia de tanta gente, le costó un buen rato reconocer a sus hermanos, no estaba preparado para tanta emoción, de hecho nunca lo ha estado.  Ahora, con sus 80 años recién cumplidos, poco a poco se va pudiendo acercar a sus emociones sin que le sobresalten. Ha tenido que pasar toda una vida para poder hacerlo. Mi padre vivió con el peso del trauma, no sintiéndose seguro y confiado casi nunca. Las emociones se le atascaban, era tan alto su nivel de alerta que cualquier cosa podía sobrepasarlo, se enfadaba, huía. El otro día en su fiesta pudo digerir la emoción de verse rodeado de los suyos y no colapsarse.

 

 

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