Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Paliza a niña de 8 años en el colegio

Una niña de 8 años ha sido ingresada en el hospital por una paliza recibida en el patio del colegio a causa de un balón. Los agresores eran una docena y tenían entre 12 y 14 años.  Desde el colegio y el Gobierno Balear dan a entender que no hubo tal paliza, que fue un juego que se les fue de las manos. La familia, que dice haber denunciado varios días antes el acoso que recibían tanto la niña como la hermana, se mantiene en su versión.

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Parece que todavía no se ha tomado ninguna medida disciplinaria con el grupo que causó las lesiones a la niña y esto si que es grave desde el punto de vista psicológico, vamos a explicar por qué.

El niño que está entrando en la adolescencia (aproximadamente a los 12 años), necesita desesperadamente sentir que tiene el control, pues  a esa edad pasa por uno de los momentos evolutivos de mayor vulnerabilidad, pues el tipo de relación con sus padres cambia, deja de estar bajo su protección y tutela  tal y  como lo estuvo durante su infancia. Por todos esto  comienza a buscar ese apoyo en el grupo de iguales, necesita del grupo para no sentirse tan solo y  de este modo superar la angustia que supone convertirse en adulto.

 Los adolescentes se manejan en el continuo potencia-impotencia. Se sienten  tan impotentes ante la difícil tarea de hacerse mayores que se defienden de este sentimiento con omnipotencia «mis adultos de referencia no tienen ni idea, son débiles y me avergüenzo de ellos, yo no soy débil soy fuerte y lo tengo que demostrar día tras día para que nadie vea mis debilidades».  Y ahí estamos los adultos, calmando y conteniendo a los adolescentes, ayudándoles a entender que no es más fuerte el que más pega, que las dudas no son debilidades, que el grupo es algo necesario y enriquecedor pero que uno no debe dejarse absorber por él, que hay que aprender a diferenciarse y no perder la capacidad de pensar. También tienen que aprender que el mundo no está contra ellos y que los límites, aunque diferentes de los que tenían cuando eran niños, son fundamentales. Porque si no se establece un límite, un «!basta, de aquí no pasas!» el sentimiento de omnipotencia «nadie puede conmigo» acabará destruyendo al adolescente y su capacidad de madurar, se convertirá en un adulto con serios problemas de adaptación.

Por eso cuando de grupos y adolescentes se trata hay que tener mucho cuidado de no alimentar la omnipotencia, porque todos toman nota de lo sucedido,  los adolescentes no paran de observar el mundo de los adultos, sus reacciones, sus recursos, son la tabla con la que se miden.

Nos imaginamos como deben sentirse  los que cometieron la agresión: el sentimiento de omnipotencia,  «soy ininputable, inexpulsable», debe estar por las nubes y mientras tanto retiran los balones del recreo.

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