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Pedofilia: claves para detectar el abuso sexual infantil. La resistencia a ver

Nos sorprendemos a menudo con noticias de casos de abuso sexual infantil que se destapan años después en centros escolares, campamentos, centros deportivos, etc.,  cuando el niño que los sufrió se ha convertido en adulto y puede denunciar, ¿Pero es que nadie vio nada?, ¿Cómo es posible? Además cuando un caso se destapa, normalmente aparecen más, y entonces es cuando nos tenemos que rendir a la evidencia, no era un hecho insólito era algo generalizado.

Los niños por estar bajo la tutela de los adultos están acostumbrados a que estos intervengan sin pudor en todo.  Pero la sexualidad es algo muy íntimo y requiere de un trato diferente. Si no se tienen claros los límites, el adulto puede considerar como una broma, por ejemplo, que se acerque un familiar a una adolescente y le comente muy jocosamente !vaya tetas se te están poniendo! al tiempo que puede hasta tocárselas. Esto es un traspaso de los límites y los abusos comienzan así.

El adulto puede hacerle creer  que esas cosas son divertidas, que no son más que juegos. En este tipo de situaciones el niño queda paralizado porque  los adultos son la autoridad. La repetición de estos hechos da comienzo a una trama de confusión y de clandestinidad que puede llegar hasta donde el adulto quiera. No olvidemos que el abuso sexual infantil sistemático se da siempre en entornos de confianza para el niño.

Como comenzó supuestamente como un juego, en un entorno de confianza, donde  parece que el niño  «consiente», esto le  deja confundido e incapacitado para denunciar.

Los síntomas que nos avisan de que puede haber abuso quedan a la vista aunque no de forma directa. Pero hay una dificultad para  ver, en el entorno del niño se genera una negación de las pistas que inevitablemente van apareciendo,  porque «no queremos ver». Es entendible, antes de dudar de un compañero en el colegio o de un familiar cercano, dudamos de nosotros mismos y de lo que la intuición o los hechos nos están confirmando. Así cada uno de los adultos que están cerca se queda desactivado, ciego, resistente a ver.

Desde nuestra experiencia en consulta, en asesoramiento a centros escolares, en juzgados de familia, etc., asistimos muchas veces a la presión a la que se somete a los niños para denunciar, como si esto fuese fácil, se deposita en el niño esta responsabilidad «si el niño está siendo abusado lo tiene que contar», haciéndole pasar  por un calvario de psicólogos, abogados y jueces. Los  niños no pueden expresar el abuso tal cual espera el adulto, para empezar porque tienen un registro de la experiencia traumática, escindida y distorsionada. No son capaces de verbalizar un abuso.

El abuso sexual es habitual, mucho más de lo que nos gustaría. Cada caso hay que evaluarlo individualmente, el daño varía según las circunstancias del abuso: quién es el abusador (cuanto más cercano al niño más daño), el tiempo que dura el abuso, la edad del abusador, etc.

El peso de la culpa inconsciente que surge en el adulto por no denunciar  (por no denunciar algo que intuimos pero de lo que rápidamente nos deshicimos ) nos deja  desenfocando el problema y buscando soluciones parciales en otro campo menos desasosegante. Sabemos que a ese niño «algo le pasa» pero nos negamos a verlo.

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