Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Peleas

Pelear, según la RAE:

1. intr.batallar (combatir o contender con armas).

2. intr. Contender o reñir, aunque sea sin armas o solo de palabra.

3. intr. Dicho de los animales: Luchar entre sí.

Las peleas son algo muy humano, desde que el niño adquiere cierta autonomía en el movimiento comienzan las peleas,  el lanzamiento de objetos suele ser lo más común, también aparecen los mordiscos, los manotazos y los empujones.  Por supuesto todo tiene un sentido evolutivo, la separación, la aparición de la agresividad, la defensa de lo de uno, la envidia, los celos…, pero que tenga un sentido no quiere decir que haya que permitirlo todo.  Los instintos gobiernan la vida del bebé desde el nacimiento, pero es importante darles un sentido para que cada niño pueda ir aprendiendo a manejarlos.

Con la aparición del lenguaje se empiezan a canalizar los instintos, los agresivos y los amorosos. En lugar de pegar un manotazo cuando otro niño le quita un juguete podrá empezar a verbalizar, es mío, no me gusta, no lo hagas y poco a poco se defenderá sin necesidad de recurrir siempre a la acción.

A esto se le llama capacidad de simbolización, cuando el lenguaje puede sustituir a la acción.  Pero este proceso que comienza alrededor de los dos años necesitará de un largo recorrido y mucha práctica para que la pelea se pueda transformar en algo mucho más elaborado y creativo (capacidad de juicio crítico, asertividad, empatía…), por eso no debemos asustarnos ante las peleas, pero si debemos ayudar a que se transformen, porque si no estaremos toda la vida «peleando» creyendo que estamos «pensando».

Un ejemplo de esto es el caso de una niña de 11 años a la que por molestar en clase se le puso el siguiente parte

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Cuando los adultos no han desarrollado la capacidad de pensar los conflictos, cuando las cosas  no les salen como  quieren,  puede que tiren del poder, de la fuerza, en definitiva de la pelea.  Este parte es un ejercicio de autoridad desde la pelea.  El conflicto era una oportunidad para enseñar a toda la clase a respetar a los otros, a poner límites, a aprender a sujetar los impulsos… porque todas estas cosas hay que aprenderlas y son los adultos quienes  las enseñan. En lugar del parte hubiera sido más constructivo averiguar por qué la niña termina tan rápido las tareas, si es que tiene demasiado nivel, si se aburre y que a lo mejor no solo le ocurre a ella, en fin… el conflicto hubiera aportado una información valiosísima, pero se quedó en pelea y en un parte.

Hace un par de semanas fuimos a ver una obra de teatro «La sesión final de Freud», C.S. Lewis y S. Freud discuten acaloradamente sobre Dios, el amor, el sexo y el significado de la vida, es un debate lleno de pasión, donde cada uno defiende su posición, antagónica a la del otro, pero con humanidad, sin intentar convencer al otro de «la verdad» y con un enorme respeto. Cuando se separan no han llegado a ningún acuerdo, todo lo contrario, cada uno se reafirma en sus creencias, pero eso no quita para que se despidan con respeto y cariño.

Muy pocos conseguimos  madurar hasta este punto, no tenemos más que ver los «debates» donde el respeto al otro es sustituido por la agresión verbal. Confundimos la pelea con potencia, el que más pelea, el que más se impone,  es el más fuerte.  La pelea es tan solo una incapacidad de poner en palabras y en pensamiento las diferencias y por eso muchas veces es necesaria la intervención de una tercera persona que  enseñe a hacerlo, el problema surge cuando se llega a la edad adulta sin ser maduro y sin haber salido de la pelea.

Es normal que los niños peleen por lo que consideran suyo (por la atención de papá y mamá, por el protagonismo, por su terreno, por sus cosas), que los adolescentes peleen por sus «derechos» (por sus amigos, por su pertenencia al grupo, por su necesidad de actuar como adultos). Pero también es necesario que detrás haya un adulto maduro que no se asuste ante la agresividad y que pueda poner un poco de cabeza.

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