Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Pensando en funcionamientos violentos

 

 

Maltrato, violencia, acoso, atentado, guerra, todas estas palabras implican agresión de distintas intensidades y formas. Si tuviéramos que buscar una raíz común pensaríamos en el desamor. Un desamor que va cobrando formas diversas, que se va materializando con diferentes conductas y que patológicamente tiene distintos componentes.

El otro día observamos como un padre gritaba a su hija de 14 años delante de sus amigos. La escena sorprendía por la falta de control del padre,  que se dejaba llevar por sus impulsos sin que nada ni nadie le hiciese recatarse.  Gritaba mientras cruzaba una calle, gritaba al espacio, al aire, al mundo, nadie le entendía…

La historia de esta niña es una historia común, no se puede decir que sea una niña maltratada al estilo del telediario, pero si lo es en cuanto a que en numerosas ocasiones  recibe un trato despectivo, un trato que no pone el acento en ayudarla a rectificar sus conductas y a comprender los motivos que tiene su padre para sentirse mal. No recibe respeto, no se siente protegida por un padre que sea “Ley” justa y sensata.

Todos los que allí estuvimos vimos a un adulto desbocado y que volcaba su malestar a modo de vómito informe en su hija.

El vómito no alimenta porque es un alimento que  ha sentado mal, que no se ha podido procesar y que hay que expulsar fuera para recuperar la salud física. Con la salud mental pasa igual, hay veces que las emociones que  no se pueden procesar se vomitan a otra persona, pues al tratarse de un estado mental, siempre va dirigido hacia otra mente que reciba y “se quede” con el malestar. Del mismo modo que hacen los bebés  con sus mamás que como todavía no tienen un aparato para pensar sus emociones,  las vuelcan  en la persona más cercana a ellos para que otro las procese y se las devuelva “metabolizadas”:  “lloras porque tienes hambre, ahora te doy de comer”.

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Esto lo hacemos todos. Es un funcionamiento primitivo que se activa cuando nuestra capacidad para pensar se rebasa. Cuando actuamos así estamos cogiendo el camino de la involución. Pero cuando podemos sobreponernos y damos forma al dolor (rabia, enfado, miedo…) conteniéndolo y poniéndole palabras, estamos haciendo más grande nuestra capacidad para pensar y lo que es también importante, estamos dando un modelo de cómo se puede hacer con las emociones que nos desbordan, estamos ayudando a nuestros hijos a que sean más inteligentes.

Cuando un niño se ve inmerso sistemáticamente en este tipo de situaciones, cuando es el receptáculo de las emociones no  elaboradas de un adulto,  se convence así mismo de que no vale nada, además de no aprender a pensar y a contener sus emociones, queda inmerso en un circuito cerrado de desamor.

A partir de ese momento la espiral del crecimiento puede que en vez de ir hacia arriba, comience a ir hacia abajo. Lo que debería ser confianza en sí mismo y en el prójimo, empiece a ser desconfianza, puede que  pierda toda esperanza de poder crecer y progresar y comience a vomitar.

Si se llega a este estado de desesperanza sin continente en la cabeza que la sujete, el vómito  puede tomar  forma de impulso tanático. El maltrato recibido y el sentimiento de ser basura, se proyecta en la  basura que se tira al suelo (para qué vamos a ser cívicos), rompiendo material urbano, se transforma en vomitona de odio al compañero más débil y así hasta llegar  en determinados casos a maltratar de otras maneras: dañando a seres indefensos, animales, mendigos, niños, mujeres,..etc.

Las cosas ocurren porque hay causas que las provocan. Una sociedad que se mueve en el vértigo de millares de seres faltos de continente emocional, con experiencias de desamor a los que pueden importarles ya pocas cosas, seres en inercia esperando una causa que justifique su vomitona. Esto debería ser motivo de alarma social, porque sólo se puede dar lo que se tiene, si es desamor, se dará desamor.

Así debe ocurrir con aquellos que se inmolan, que se quedan presos de sectas, que se hacen miembros de grupos radicales de todo signo, son las amenazas modernas que nos ponen en peligro, que no se curan con más desamor.

Tendríamos que estar más preocupados en generar en los niños experiencias que les sirvan para crecer confiados, con capacidad para modular las emociones  tolerando el dolor sin desbordamientos. Todos somos responsables del tipo de experiencias que generamos con nuestros niños (propios o ajenos).

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