Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Resultados académicos y el deseo omnipotente.

El deseo es el dios de nuestra sociedad, “porque tu lo vales”, se ha convertido, en muchas ocasiones, en nuestro lema y  objetivo. Complacer nuestros deseo es a veces la meta máxima a la que hemos de llegar, pero psicologicamente hablando, la motivación que proviene del deseo sin más,  corresponde a los estadios más  primitivos del desarrollo  humano.

El Ello es la instancia psíquica que nombró Freud para localizar el motor de la pulsión de vida, que se mueve hacia el placer y dirige la mente de los bebés.  Así tiene que ser por tratarse de un impulso que se antepone a todo y eso al bebé le puede salvar la vida.  Pero se espera que en la medida en la que se vayan desarrollando recursos para adaptarse a la realidad, este deseo omnipotente disminuya y se transforme en esfuerzo  para conseguir las cosas.  De este modo se fortalecerán las otras instancias psíquicas superiores: el Yo y el Superyó.  El Yo es la instancia psíquica  que conecta con la realidad y el Superyó la que regula al Yo  y le obliga a acatar las normas que rigen la vida.

La cultura del deseo, promueve  una regresión hacia el Ello, de manera que el Yo y el Superyó quedan relegados a un segundo plano.   Un ejemplo de esto nos lo contó una madre.  Su hija de 10 años llevaba un mes nerviosa porque por primera vez se iba a una granja escuela con su clase, cuando llegaron al punto de encuentro, una compañera llegaba llorando  porque tenía 38º de fiebre y no se resignaba a quedarse en casa.  Fue tal el número que montó que la profesora accedió a llevársela en esas condiciones. El deseo de los adultos dominado por la parte mas impulsiva, el ello, dejó fuera el sentido común.

Otra niña, esta vez de 12, tenía a sus padres desconcertados, cada vez que hacía un examen o estudiaba, siempre sentía  que lo tenía todo controlado, pero luego los resultados de los exámenes no solían reproducir ese entusiasmo, aprobaba raspando o suspendía.

Sólo pudiendo pensar se dieron cuenta de  lo que estaba ocurriendo. La niña estaba haciendo el primer curso de la ESO, la adaptación al nuevo ritmo de estudio, a una mayor exigencia, al nuevo sistema en el que cada asignatura tenía un profesor distinto con dinámicas y maneras  distintas; le estaba haciendo sentirse superada y la manera de compensarlo era “tirando” del deseo mágico e inconsciente de que todo estaba en orden. En este caso el deseo omnipotente estaba alineado con la salud, su autentica impotencia le hacía necesitar de algo mágico que reparase su sentimiento de fracaso. Así ella creía de verdad que daba la talla y no estaba en peligro de fracasar en ese primer año de la ESO. Pero esto sólo no vale.

El deseo omnipotente cuando viene a rescatarnos de estados de impotencia en la infancia, tiene un papel imprescindible para preservar la autoestima mientras se consiguen construir remedios realistas que nos ayuden a crecer.

Pero cuando este deseo omnipotente se instala en la mente,  nos aparta de la realidad y descuida el progreso y la búsqueda de soluciones realistas y sanas.

Los padres al darse cuenta del malestar de la hija y que por esto “iba  de sobrada”, dedicaron más tiempo a ayudarla a superar sus dificultades y a que pudiese crear un hábito diferente en su estudio. Por supuesto aceptaron que quizás ese curso lo pudiera perder y entendieron que lo importante era acompañarla para que madurase y no se quedase anclada en una ilusión.

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