Actualidad y Psicoanálisis

Temas de hoy desde una perspectiva psicoanalítica

Exhibición

Por Marián Molina

El otro día mi hija me mandó un whatsapp desde el teléfono de una amiga. Al ver el perfil que tenía, me quedé boquiabierta, se trataba de la foto de una adolescente aniñada, rubia, muy guapa, de pelo largo, ojos claros y en una pose sensual. Cuando después me fije más, vi que la cría dejaba ver un pecho por hacer en el escote de su desabotonada camisa vaquera.

Los adolescentes siempre hacen alarde de su cuerpo. Es a través de él que construyen su nueva identidad. Cambian su forma de peinarse y vestirse, siguen «el formato» que impere en la época que les toque vivir. Así encuentran su lugar dentro del grupo de iguales además de dejar claro a sus padres que acabó su reinado, que ya no son niños.

Desde hace algunas décadas, al cambio de peinado, ropa y poses, los métodos de transformación adolescente han sumado un sinfín de técnicas estéticas, tatuajes, piercing y hasta intervenciones quirúrgicas. A veces pueden llegar a límites donde ponen en peligro su cuerpo y su psiquismo.

¿Hasta dónde es sana la transgresión?, ¿qué papel tienen los padres en todo esto?

Los adolescentes con todos estos cambios buscan autoestima para coger fuerzas en el duro camino de la vida adulta. En este proceso siempre han necesitado que los adultos les frenen para entrar en un pulso y medirse con ellos. Esto es vital para estar a salvo de su omnipotencia que sin un ajuste realista les podría llevar al borde de la locura.

Ser joven se ha convertido en la meta de muchos adultos

En una sociedad donde se valora tanto ser joven se «impone» un modelo adolescente a los propios adultos, de este modo algunos prefieren ser un igual, que marcar la diferencia como padre, ser «un colega» en vez de una autoridad. Si el proceso de maduración del adulto está incompleto, se encontrarán en la misma situación de tránsito y en estas condiciones se pierde la sensatez y la capacidad de poner límites adecuados.

El otro día me hablaban de unos padres que obsesionados por la imagen, el cuerpo, la juventud,.. llevaron a su hija a una clínica para adelgazar. La adolescente no tenía ningún problema con su cuerpo, no tenía sobrepeso, ni entendía por qué había de ir al médico. El médico no solo no sacó del error a los padres, sino que les habló de la operación de reducción de estómago.

Otro motivo de confusión que añade nuevas dificultades para poner límites, es el derecho que se otorga a la exhibición del cuerpo, particularmente del femenino. En nuestra sociedad machista, se está confundiendo esa falta de límite con progreso para la mujer. Ahora es más difícil decirle algo a una niña que enseña un pecho en una foto.

La intimidad es el refugio del adolescente, aunque cierto grado de exhibición es necesario. Toda esta parafernalia les sirve para entrar en la etapa adulta, es un rito de tránsito, nunca debemos permitir que traspase ese contexto. Los adolescentes necesitan sentir la protección del límite del adulto, que su locura temporal esté enmarcada por el sentido común de los padres y resto de adultos. Sin esto, están perdidos.

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